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La Travesía

jueves, 16 de agosto de 2018

REGUENGOS DE MONSARAZ-SÃO MANÇOS. DÍA 16 SEVILLA-LISBOA 365 KM

En la carretera de nuevo. Al día siguiente salí de Reguengos de Monsaraz y el camino empezó bien: lo primero que me encontré fue un hotel abandonado, en el que no pude entrar físicamente, solo mentalmente, pero me gustan estos hallazgos.
Acto seguido me topé con un poste kilométrico que admitía intervenciones en el paisaje y expresé mi alegría:
A los postes kilométricos hay que subirse de un brinco, como las cabras, porque el disparador automático de la cámara solo te da 12 segundos para perfeccionar tu pose. Y este era especialmente bueno por el enrejado que tenía al lado donde podías agarrarte mientras dabas el gran salto cabruno (lo sigo consiguiendo, no vayáis a pensar que tengo los muelles oxidados). Con esta proeza gimnástica con tan fotogénicos resultados ya tenía la foto del día (y la de la etapa, y la que resume toda la travesía, mismamente), así que iba bien.

Conseguí aplacar la ira de esa gran nube de tormenta que veis justo encima de mi cabeza: pasé por debajo y salí por el otro lado y la cosa no fue a mayores. El siguiente trecho estaba lleno de amigas lanudas…
…y a esto se llega al amable y entrañable pueblito de
Vendinha,
con su plaza principal con bar y terraza para la parada del Sumol y una fila de señores mayores disfrutando del sol de la primavera, entre muestras de arte urbano no agresivo (“la guerrilla del ganchillo”, mucho menos invasiva y más ecológica que los grafiteros).
Viñedos, cigüeñas, olivares, flores y más flores…
… hasta la salida de São Manços, donde esperé con solo un nudo de carreteras y una casa abandonada (y cerrada) como testigos de mi alegría a que me recogiera Pepe en coche. De allí nos volvimos a Reguengos de Monsaraz, deshaciendo en poco más de 15 minutos todo lo que había recorrido a pie en cuatro horas y media, qué le vamos a hacer, pero sé qué medio de transporte prefiero ;) Llegamos justo con el tiempo suficiente para tomarnos una Sagres en Zé do Barco, antes de darnos un banquete en la Casa Al’Andalus, donde

y tó!

lunes, 6 de agosto de 2018

MOURÃO-REGUENGOS DE MONSARAZ. DÍA 15 SEVILLA-LISBOA 365 KM

                                                                                                                                                            Foto: Pepe Conde
Mourão – Évora, vamoooos!!!!

Día 27 de mayo y llego al bonito pueblo de Mourão para retomar la travesía Sevilla-Lisboa,
                                                                                                                                                                                                 Foto: Pepe Conde
esta vez acompañada por mi amigo Pepe. Pepe es fotógrafo y como muchos fotógrafos siente que su sitio es detrás de la cámara y no delante, pero aquí por lo menos he conseguido hacerme con un par de retratos de mi misterioso acompañante para que lo conozcáis:
                                                                                                                                                             Foto: Pepe Conde
Mourão tiene de todo, es todo un descubrimiento. Tiene un castillo habitado por palomas, un pequeño hotel que no está nada mal (Casa Esquível), una playa de río (según dicen) y un bar muy oscuro adonde nos mandó el dueño del hotel porque era “onde vai a malta nova” (la pandilla joven, o algo así) y se figuraba que allí encajaríamos. En el bar oscuro, después de tomarnos varias cervezas a tientas e intentar hacer unas fotos, que salieron todas movidas (lo lógico en un bar tan movido y tan oscuro) jugamos al futbolín, pero esta ready-made es la única foto que nos salió bien:
Los de la pandilla joven nos pasamos la vida haciendo cosas por primera vez, y era la primera vez que yo jugaba al futbolín. Nunca se había terciado. No se me da mal :D
                                                                                                                                                            Foto: Pepe Conde
Al día siguiente, como veis en la foto, salí del hotel de buena mañana para retomar mis caminatas después de una pausa de varios meses para no interferir con la lluvia, que quería Portugal para ella. Emocionada con volver a las andadas. Pepe no caminaba conmigo, él se quedó haciendo estupendas fotos de castillos mientras yo me perdía en la distancia, haciendo otro tipo de fotos, destino Reguengos de Monsaraz, a 20 kilómetros.
                                                                                                                                                                   Foto: Pepe Conde
Esta es la vista desde el castillo y básicamente es la ruta que recorrí. De hecho estoy en esta foto, tengo que estar, pero soy demasiado pequeña para que me veáis.
                                                                                                                                                                           Foto: Pepe Conde
Porque desde mi punto de vista esto es lo que yo veía:
El camino era muy fácil, el paisaje precioso, hacía buen tiempo, en algunos sitios el agua estaba llena de rocas y las rocas llenas de tortugas,
que en portugués tienen el no muy elegante nombre de “cágados”.
Bueno, esta era mi ruta, “la ruta de los lagos” la llamaba yo, hasta que descubrí que no son lagos. Que son un río. Y no cualquier río, sino
el Río Guadiana. Que resulta que no es tan corto como yo pensaba: es el cuarto más largo de la Península Ibérica, tiene 744 kilómetros de largo, viene de la provincia de Ciudad Real y después de pasar por Badajoz entra en Portugal a la altura de Olivenza, y yo sin saber nada de esto. Se ensancha a la altura de Mourão y se disfraza de un conjunto de lagos o embalses antes de seguir camino hacia Vila Real de Santo António, donde se tira al mar. Y yo totalmente ignorante de todo esto, yo en la inopia acuática, hay que ver.

Pues nada, flores, sol, pajaritos y cigüeñas
hasta llegar a Reguengos de Monsaraz, que es la capital de los vinos.
Reguengos de Monsaraz tiene esta gran iglesia principal
                                                                                                                                                 Foto: Pepe Conde
y también este pequeño bar,
                                                                                                                                                        Foto: Pepe Conde
que se llama Zé do Barco,
y que es donde íbamos para beber la cerveza e ignorar los vinos, o algo así. Misión cumplida.

Fin del día 1 de la etapa y del día 15 de la caminata, si cuentas desde el primer día, desde Sevilla. Lenta pero segura, voy llegando a Lisboa. Estos días seguiré escribiendo y contaré Reguengos de Monsaraz – São Manços – Évora.

domingo, 22 de abril de 2018

AMARELEJA-GRANJA-MOURÃO. DÍAS 13 Y 14 SEVILLA-LISBOA 365 KM

Esta etapa, Barrancos-Amareleja-Mourão, creo que es la más dura de toda la travesía. Autobuses, taxis y hasta BlaBlaCares para ir de un punto a otro, para llegar al punto de salida, para volver después, para llegar a cualquier sitio, para dormir. Distancias larguísimas entre un pueblo y otro. A veces me pregunto algo así como “quién me manda a mí meterme en estos embolaos?”, pero el problema es que me encanta, así que hay que seguir. Más que un hobby es una forma de vida, una adicción. Algo que merece la pena, en todo caso. Algo que me enseña mucho y que me divierte mucho. Algo que me hace lo que soy.
Pues nada, después de los 26+ kilómetros entre Barrancos y Amaraleja, al día  siguiente me regalo una caminata más corta: son 23 kilómetros hasta Mourão, pero lo divido en dos. Después de la paliza del día anterior me duele todo: los pies, las piernas, las caderas, los brazos, el hombro, la parte interior de las rodillas (no estoy segura de por qué me duele eso, pero bueno…), pero salgo feliz porque siempre salgo feliz.

Después del fotorreportaje de los paneles solares dejo la simpática Amareleja, la sartén de Portugal, pueblo horizontal y muy cerca del suelo, y me adentro en el Alentejo profundo. Hay un cielo azul espectacular y el camino es agradable, rural, bonito, aburrido, la bolsa pesa poquísimo pero siempre se me clava algo en el costado, parece que hoy he seleccionado cuidadosamente todas las cosas más puntiagudas que tengo para llevarlas de paseo conmigo. Y a pesar de todo estos momentos de carretera son irrepetibles y los disfruto profundamente.
Hoy hay menos animales que ayer, pero a veces me acompaña una banda sonora de balidos, que intento grabar con el móvil. Ah, y el sonido del viento en los árboles, que creo que es sonido que me más me gusta, el sonido número 1. En los últimos puestos de la lista de sonidos que más me gustan es el sonido de un coche que se para, pero en este caso es un matrimonio mayor que me pregunta si quiere que me lleve a alguna parte: estas cosas pasan mucho en el Alentejo. Les digo que no puedo hacer trampa. Muy simpáticos, ellos.
Las fotos no hacen justicia a un paisaje que se percibe con todos los sentidos. La belleza de estos parajes tan tranquilos es algo que va calando poco a poco.

Después de un par de horas de caminata el asfalto comienza a empeorar y las carreteras rurales empiezan a tener más de rural que de carretera, y el pueblo de Granja aparece en el horizonte.
Ya he llegado a Granja, mi destino por hoy…
Al llegar a Granja tengo claro lo que quiero hacer: 1. beber (y ya sabéis qué quiero beber) 2. comer y 3. coger un taxi para volver a mi hotel en Mourão. El 1 y el 2 los consigo sin problemas, pero el 3 resulta ser algo más complicado. Cuando consigo contactar con el único servicio de taxi que hay en la región (sí, solo hay uno) me dicen que hoy no hay taxis, que no, que no, que hoy no hay nada que hacer. Y ¿ahora qué hago? Estoy atrapada en Granja, sin poder salir, al menos que pague €40 para que venga algún taxista de otra ciudad, o que haga los 12 kilómetros hasta Mourão a pie (era mi Plan Z), o que me salve alguien del pueblo. Y resulta que sí, que me salva alguien: la señora del bar se encarga de encontrar a un taxista improvisado y una amiga suya me lleva a Mourão en su coche. Genial.
Al día siguiente salgo al alba en un autobús en el que yo soy la única pasajera, así que también es algo parecido a un taxi. Eso sí, cuando llegamos al pueblo y me bajo del autobús me salvo por los pelos de ser atropellada por una estampida de 35 escolares que vienen a ocupar el sitio que he dejado. Después de eso y de tomar un café en el ruidosísimo bar de la esquina me quedo otra vez sola con mi silencio, que es lo que me gusta a mí…
Y emprendo el camino de los lagos.
Estaba deseando verlos y son realmente espectaculares, aunque después de un invierno sin lluvia ha bajado mucho el nivel del agua, dejando aflorar decenas de árboles muertos que normalmente están cubiertos e invisibles, lo que crea un paisaje muy curioso.
Después de los lagos, porque todo llega, aparece Mourão, y misión cumplida.
Mourão es un pueblo encantador.
Tranquilo, cuidado, tiene una luz muy especial a cualquier hora del día.
Hay un castillo donde ahora en vez de los artilugios de la guerra están las palomas de la paz.
He salido tan temprano por la mañana que cuando llego a mi destino sigue siendo la hora del desayuno, así que vuelvo a desayunar, ya por tercera vez.
Y después del desayuno viene la siesta (extraños horarios para esta extraña etapa) antes de retomar el tortuoso camino de vuelta a Sevilla.

Próximamente (y muy pronto, espero: la lluvia ha chafado mis planes varias veces en esta primavera loca pero todo llega) os contaré la siguiente etapa: Mourão, Reguengos de Monsaraz, Vendinha, São Manços, ¿Évora?

sábado, 10 de marzo de 2018

AMARELEJA. SEVILLA-LISBOA 365 KM

Amareleja…. como os decía hace unos días (ehem!), Amareleja es rara. No negativa, pero rara. “Invulgar”, como dicen en portugués. Y algo extraña. Un caso especial, por muchas razones.

En Amareleja hace mucho calor en verano. Es la sartén de Portugal, como Écija en España. Tiene el récord de la temperatura más alta registrada en Portugal, 47,3º a la sombra el 1 de agosto 2003.

Como muchos pueblos del Alentejo interior, Amareleja sufre la pérdida de su población, y eso para un pueblo es como si se le cayera el pelo, se va quedando calvo y triste. En los años 40 tenía el doble de habitantes que ahora. Y de la mano va un alto índice de envejecimiento y un desempleo rampante. Se entiende porqué los jóvenes no tienen alicientes para quedarse y quieren probar suerte en otros sitios.
En Amareleja, la mitad del pueblo tiene sus casas en venta (incluso en subasta). La otra mitad hace vida normal.

25 de abril sempre. En el ayuntamiento se suceden socialistas y comunistas.
Hay amor a la luz y al color, mandan un alegre mensaje con maceteros en las calles, explicando todo lo bueno que hay un pueblo sencillo, luminoso, maltratado por la vida pero único. Amareleja es su sol, su mismo nombre suena a sol.
Tienen una central fotovoltáica que ocupa 214 hectáreas y que en algún momento pasado fue la más grande del mundo.
Lleva funcionando desde 2008 y aunque al principio se empezó a montar con capital local – que no suele ser el caso para este tipo de explotación – la pequeña empresa alentejana no consiguió suficiente inversión y la tuvo que vender a una empresa grande (que de hecho es una empresa española, Acciona). El sol no falta en Amareleja y a más sol más paneles solares: la central es tres veces más grande que el pueblo.
Ah, entonces habrá trabajo para la gente del pueblo, en la central, ¿no? Pues no, no lo hay. Una vez terminada la construcción los puestos de trabajo se quedaron en solo dos o tres, para el mantenimiento, y la nueva fábrica de paneles fotovoltaicos que se ha abierto no está en Amareleja sino en Moura, a casi 30 km de distancia. Te deja con la sensación de que aquí hacía más falta.
Desde luego la central ha cambiado el skyline amarelejense.
Y ¿qué opinan los amarelejenses de su enorme central fotovoltaica? Parece ser que la mayoría no están ni a favor ni en contra, pse, les parece bien. Es bueno estar en el mapa, tener algo, ser algo. No ha habido la resistencia vecinal que ha surgido contra este tipo de explotaciones en otros países. Hay algunos detractores, los que citan su impacto en el paisaje y la llaman el “olivar de lata”, y algo de descontento porque parte de ella se construyó sobre los terrenos del aeródromo abandonado, donde celebraban sus fiestas y que aunque ya no había aviones era una señal de identidad y le tenían mucho cariño. Esa no era la idea al principio (nunca lo hubieron permitido), surgió con un cambio de planes y de tamaño y muchos habitantes sienten que ese cambio se hizo a sus espaldas. La câmara municipal (ayuntamiento) de Moura, sin embargo, que lo promovió, apela al turismo con la expresión “Unos venden queso, otros venden jamón, nosotros vendemos el Sol” y argumenta que se ha dado mucha importancia a la integración con el paisaje y que forma un “espectáculo casi escenográfico”, con “interés desde un punto de vista fotográfico”.

Yo por supuesto fui a fotografiarla… aunque el reportaje se vio complicado por el hecho de que está completamente vallado y no puedes entrar. No hay nadie para abrirte la puerta. Y es difícil hacer que los paneles te miren porque están todos muy ocupados todos mirando el sol, y nada, no te hacen caso, no sonríen para tu foto.
No pude dormir en Amareleja porque no hay hotel. Tantas casas vacías y no hay ni una triste habitación disponible para los que vienen de visita. Digo yo que se podría crear una experiencia turística alentejana única rehabilitando algo para que los de fuera pudieran disfrutar la vida amable, tranquila y auténtica de Amareleja durante unos días. Haría falta inversión pero podría merecer la pena, digo yo. Ojalá lo hagan. Yo lo recomendaría.