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La Travesía

domingo, 22 de abril de 2018

AMARELEJA-GRANJA-MOURÃO. DÍAS 13 Y 14 SEVILLA-LISBOA 365 KM

Esta etapa, Barrancos-Amareleja-Mourão, creo que es la más dura de toda la travesía. Autobuses, taxis y hasta BlaBlaCares para ir de un punto a otro, para llegar al punto de salida, para volver después, para llegar a cualquier sitio, para dormir. Distancias larguísimas entre un pueblo y otro. A veces me pregunto algo así como “quién me manda a mí meterme en estos embolaos?”, pero el problema es que me encanta, así que hay que seguir. Más que un hobby es una forma de vida, una adicción. Algo que merece la pena, en todo caso. Algo que me enseña mucho y que me divierte mucho. Algo que me hace lo que soy.
Pues nada, después de los 26+ kilómetros entre Barrancos y Amaraleja, al día  siguiente me regalo una caminata más corta: son 23 kilómetros hasta Mourão, pero lo divido en dos. Después de la paliza del día anterior me duele todo: los pies, las piernas, las caderas, los brazos, el hombro, la parte interior de las rodillas (no estoy segura de por qué me duele eso, pero bueno…), pero salgo feliz porque siempre salgo feliz.

Después del fotorreportaje de los paneles solares dejo la simpática Amareleja, la sartén de Portugal, pueblo horizontal y muy cerca del suelo, y me adentro en el Alentejo profundo. Hay un cielo azul espectacular y el camino es agradable, rural, bonito, aburrido, la bolsa pesa poquísimo pero siempre se me clava algo en el costado, parece que hoy he seleccionado cuidadosamente todas las cosas más puntiagudas que tengo para llevarlas de paseo conmigo. Y a pesar de todo estos momentos de carretera son irrepetibles y los disfruto profundamente.
Hoy hay menos animales que ayer, pero a veces me acompaña una banda sonora de balidos, que intento grabar con el móvil. Ah, y el sonido del viento en los árboles, que creo que es sonido que me más me gusta, el sonido número 1. En los últimos puestos de la lista de sonidos que más me gustan es el sonido de un coche que se para, pero en este caso es un matrimonio mayor que me pregunta si quiere que me lleve a alguna parte: estas cosas pasan mucho en el Alentejo. Les digo que no puedo hacer trampa. Muy simpáticos, ellos.
Las fotos no hacen justicia a un paisaje que se percibe con todos los sentidos. La belleza de estos parajes tan tranquilos es algo que va calando poco a poco.

Después de un par de horas de caminata el asfalto comienza a empeorar y las carreteras rurales empiezan a tener más de rural que de carretera, y el pueblo de Granja aparece en el horizonte.
Ya he llegado a Granja, mi destino por hoy…
Al llegar a Granja tengo claro lo que quiero hacer: 1. beber (y ya sabéis qué quiero beber) 2. comer y 3. coger un taxi para volver a mi hotel en Mourão. El 1 y el 2 los consigo sin problemas, pero el 3 resulta ser algo más complicado. Cuando consigo contactar con el único servicio de taxi que hay en la región (sí, solo hay uno) me dicen que hoy no hay taxis, que no, que no, que hoy no hay nada que hacer. Y ¿ahora qué hago? Estoy atrapada en Granja, sin poder salir, al menos que pague €40 para que venga algún taxista de otra ciudad, o que haga los 12 kilómetros hasta Mourão a pie (era mi Plan Z), o que me salve alguien del pueblo. Y resulta que sí, que me salva alguien: la señora del bar se encarga de encontrar a un taxista improvisado y una amiga suya me lleva a Mourão en su coche. Genial.
Al día siguiente salgo al alba en un autobús en el que yo soy la única pasajera, así que también es algo parecido a un taxi. Eso sí, cuando llegamos al pueblo y me bajo del autobús me salvo por los pelos de ser atropellada por una estampida de 35 escolares que vienen a ocupar el sitio que he dejado. Después de eso y de tomar un café en el ruidosísimo bar de la esquina me quedo otra vez sola con mi silencio, que es lo que me gusta a mí…
Y emprendo el camino de los lagos.
Estaba deseando verlos y son realmente espectaculares, aunque después de un invierno sin lluvia ha bajado mucho el nivel del agua, dejando aflorar decenas de árboles muertos que normalmente están cubiertos e invisibles, lo que crea un paisaje muy curioso.
Después de los lagos, porque todo llega, aparece Mourão, y misión cumplida.
Mourão es un pueblo encantador.
Tranquilo, cuidado, tiene una luz muy especial a cualquier hora del día.
Hay un castillo donde ahora en vez de los artilugios de la guerra están las palomas de la paz.
He salido tan temprano por la mañana que cuando llego a mi destino sigue siendo la hora del desayuno, así que vuelvo a desayunar, ya por tercera vez.
Y después del desayuno viene la siesta (extraños horarios para esta extraña etapa) antes de retomar el tortuoso camino de vuelta a Sevilla.

Próximamente (y muy pronto, espero: la lluvia ha chafado mis planes varias veces en esta primavera loca pero todo llega) os contaré la siguiente etapa: Mourão, Reguengos de Monsaraz, Vendinha, São Manços, ¿Évora?

sábado, 10 de marzo de 2018

AMARELEJA. SEVILLA-LISBOA 365 KM

Amareleja…. como os decía hace unos días (ehem!), Amareleja es rara. No negativa, pero rara. “Invulgar”, como dicen en portugués. Y algo extraña. Un caso especial, por muchas razones.

En Amareleja hace mucho calor en verano. Es la sartén de Portugal, como Écija en España. Tiene el récord de la temperatura más alta registrada en Portugal, 47,3º a la sombra el 1 de agosto 2003.

Como muchos pueblos del Alentejo interior, Amareleja sufre la pérdida de su población, y eso para un pueblo es como si se le cayera el pelo, se va quedando calvo y triste. En los años 40 tenía el doble de habitantes que ahora. Y de la mano va un alto índice de envejecimiento y un desempleo rampante. Se entiende porqué los jóvenes no tienen alicientes para quedarse y quieren probar suerte en otros sitios.
En Amareleja, la mitad del pueblo tiene sus casas en venta (incluso en subasta). La otra mitad hace vida normal.

25 de abril sempre. En el ayuntamiento se suceden socialistas y comunistas.
Hay amor a la luz y al color, mandan un alegre mensaje con maceteros en las calles, explicando todo lo bueno que hay un pueblo sencillo, luminoso, maltratado por la vida pero único. Amareleja es su sol, su mismo nombre suena a sol.
Tienen una central fotovoltáica que ocupa 214 hectáreas y que en algún momento pasado fue la más grande del mundo.
Lleva funcionando desde 2008 y aunque al principio se empezó a montar con capital local – que no suele ser el caso para este tipo de explotación – la pequeña empresa alentejana no consiguió suficiente inversión y la tuvo que vender a una empresa grande (que de hecho es una empresa española, Acciona). El sol no falta en Amareleja y a más sol más paneles solares: la central es tres veces más grande que el pueblo.
Ah, entonces habrá trabajo para la gente del pueblo, en la central, ¿no? Pues no, no lo hay. Una vez terminada la construcción los puestos de trabajo se quedaron en solo dos o tres, para el mantenimiento, y la nueva fábrica de paneles fotovoltaicos que se ha abierto no está en Amareleja sino en Moura, a casi 30 km de distancia. Te deja con la sensación de que aquí hacía más falta.
Desde luego la central ha cambiado el skyline amarelejense.
Y ¿qué opinan los amarelejenses de su enorme central fotovoltaica? Parece ser que la mayoría no están ni a favor ni en contra, pse, les parece bien. Es bueno estar en el mapa, tener algo, ser algo. No ha habido la resistencia vecinal que ha surgido contra este tipo de explotaciones en otros países. Hay algunos detractores, los que citan su impacto en el paisaje y la llaman el “olivar de lata”, y algo de descontento porque parte de ella se construyó sobre los terrenos del aeródromo abandonado, donde celebraban sus fiestas y que aunque ya no había aviones era una señal de identidad y le tenían mucho cariño. Esa no era la idea al principio (nunca lo hubieron permitido), surgió con un cambio de planes y de tamaño y muchos habitantes sienten que ese cambio se hizo a sus espaldas. La câmara municipal (ayuntamiento) de Moura, sin embargo, que lo promovió, apela al turismo con la expresión “Unos venden queso, otros venden jamón, nosotros vendemos el Sol” y argumenta que se ha dado mucha importancia a la integración con el paisaje y que forma un “espectáculo casi escenográfico”, con “interés desde un punto de vista fotográfico”.

Yo por supuesto fui a fotografiarla… aunque el reportaje se vio complicado por el hecho de que está completamente vallado y no puedes entrar. No hay nadie para abrirte la puerta. Y es difícil hacer que los paneles te miren porque están todos muy ocupados todos mirando el sol, y nada, no te hacen caso, no sonríen para tu foto.
No pude dormir en Amareleja porque no hay hotel. Tantas casas vacías y no hay ni una triste habitación disponible para los que vienen de visita. Digo yo que se podría crear una experiencia turística alentejana única rehabilitando algo para que los de fuera pudieran disfrutar la vida amable, tranquila y auténtica de Amareleja durante unos días. Haría falta inversión pero podría merecer la pena, digo yo. Ojalá lo hagan. Yo lo recomendaría.




martes, 19 de diciembre de 2017

BARRANCOS-AMARELEJA. DÍA 12 SEVILLA-LISBOA 365 KM

1 de diciembre. Día 0: Suena el pistoletazo de salida (no literalmente, que no estoy para sustos de ese tipo) para la etapa nº 11. Voy en el primer BlaBlaCar de mi vida (estupenda experiencia) al pueblo de Encinasola, un poco conocido reducto de cuernos, cazadores y contrabandistas históricos, a pocos kilómetros de Barrancos y bien posicionado para dar el salto al país vecino.
A la mañana siguiente desayuno en el bar del hotel, que tiene tal densidad de clientes a esa hora que parece la cafetería de la gasolinera cuando paran seis autobuses al mismo tiempo, solo que todos están vestidos de kaki y llevan escopeta, y me preguntan si yo también voy a cazar. “¿Yo? ¿A matar animales, ¿qué se han creído? No, pobres animales, yo me voy a Barrancos a caminar,” digo, y el camarero me cuenta que casualmente la otra mitad del pueblo también va a Barrancos a caminar, de hecho va tanta gente que han fletado un autobús. Pero su ruta habrá sido otra, porque no me encontré con ellos en ningún momento y también es lógico que no tuvieran la intención de echarse a la carretera Barrancos-Amareleja, que tiene 26 kilómetros y… nada, son 26 kilómetros aparentemente sin nada, ni un pueblo, ni un bar… el Alentejo profundo, la etapa más imponente de toda esta travesía quizás, una auténtica prueba de superación personal en todo caso.
Además hace un frío de tres pares de narices.
Pero haré de tripas corazón, de tripas congeladas corazón empanado, o algo así, porque he entrenado para esto, tengo muchas ganas de hacerlo y además estoy de muy buen humor.
Es verdad que voy cargada como una

burra, porque llevo un ingenioso sistema de capas para defenderme del frío y sobre todo del calor, que me gusta menos, y a las 8 de la mañana llevo puesta toda la ropa – dos chaquetas, dos camisetas y hasta dos faldas – y como siempre todo está pensado para que pese lo menos posible. Las capas de ropa pesan poco y las capas de aire menos todavía. Llevo exactamente 3,8 kilos (más agua) (más Sumol), así que voy bien. Voy como siempre, vamos. À minha maneira. Disparatada pero práctica al mismo tiempo.
Un camino rural con vistas espectaculares es mi primer contacto con la ruta por el Alentejo profundo. Me gusta todo en ese camino rural, excepto dos cosas: 1. que es casi todo cuesta arriba y 2. que voy pisando escarcha.
Pero a los dos kilómetros ambos problemas se desvanecen y llego a la carretera propiamente dicha,
que como veis es poco más que un sendero más o menos ancho y con una capita de asfalto para que me sea más fácil caminar. El sonido de los pájaros… los coches pasando a un ritmo de uno cada 10 minutos… una luz preciosa… tiene mucho encanto.
Definitivamente, hay carreteras que no son carreteras.
Y como hay granjas jalonando el camino de principio a fin, también tengo la compañía de muchos animales, cosa que me divierte bastante. He comprobado que los burros son simpáticos, las vacas y los caballos curiosos y los cerdos miedicas igual que en España. Me encanta andar con esta bonita luz, oyendo mis propios pasos y el sonido de un cencerro… (no me seáis malpensados, que yo no llevo el cencerro!).
En el Alentejo interior hay poca densidad de personas, no así de animales. De hecho se ve de este cartel que es un auténtico “aparcamiento de ganado”. En este campo en concreto caben 10 bovinos y 87 ovinos.
Y dos horas y media después de salir de Barrancos, aquí en este paraje donde había un silencio denso (cuando paras dejas de oír tus pasos y hay demasiado silencio quizás), sentada en equilibrio sobre un estratégicamente situado mojón kilométrico, hice la parada del Sumol. Sin bares, sin cafés como en todas las largas carreteras alentejanas, que sube el nivel del reto todavía más… pero cumplí con el rito. Habrá otras paradas del Sumol más abrigadas y con más comodidades… pero nunca tan silenciosas como esta.
Por mucho que hayas entrenado, caminar 26 kilómetros supone un cierto dolor en las piernas. Creo que a partir de los 15 kilómetros más o menos es algo que llevas contigo. Pero es asumible. Por la tarde no te puedes ni mover, pero he comprobado que sigo estando como una rosa la mañana siguiente, lista para seguir caminando, y eso es bueno. Es verdad que han pasado unos cuantos años desde que empecé a hacer estas cosas (más de 7 desde mi primer paso en Vila Real de Santo Antonio), que salgo algo peor en las selfies y que tengo una relación diferente ahora con el frío y el calor, pero la ilusión y la capacidad de conseguir lo que me propongo parece que siguen intactas. Es parte de mí y me hace feliz. Si en mi mano está creo que haré esto toda la vida.
Con gran alegría (aunque sin dar saltitos, por razones obvias) por fin veo Amareleja en el horizonte. En Amareleja, 1. me pierdo (será pequeña pero es una auténtica ratonera), 2. como y bebo y bebo y como, y 3. cojo un autobús a Mourão, que es donde tengo que dormir, ya que tiene hotel y aquí no hay (con lo que me hubiera gustado desplomarme nada más terminar la segunda cerveza en una cama fofita en el Sheraton Amareleja… pero no, no existe. Ni siquiera una pensión de mala muerte…).

Amareleja es un sitio raro. Pero raro, raro. Tiene todos los récords. Amareleja se merece un capítulo aparte, así que… volveré en unos días con una descripción. ¡Hasta muy pronto!

lunes, 2 de octubre de 2017

LAS CEFIÑAS - BARRANCOS. DÍA 10/11 SEVILLA-LISBOA 365 KM

¡Más vale tarde que nunca!
Reconozco que en el tiempo que he tardado en subir este post podría haber pateado Portugal de cabo a rabo y luego haber bajado por el otro lado. Pido perdón. Me he dejado distraer con otras cosas. Pero quería deciros que sigo viva y coleando, que he conseguido caminar desde Sevilla a Portugal y que este año (2017-2018) pienso seguir hacia mi meta, Lisboa. Sevilla-Lisboa es mucho para hacer en un solo año. Voy poquito a poco y creo que hará falta más bien tres. Ahora me quedan 223 kilómetros a recorrer. Digo yo que llegaré. Suele ser el caso. Os cuento esa última etapa, que hice en marzo 2017 y a la que me acompañó mi amigo Eduardo. Una gran ayuda en cuanto a transportes, fotografías, compañía, risas, sentido común, etc. Pensamos repetir.

Primera parada:
desayuno en el casino de El Repilado, donde repilamos fuerzas para lo que nos esperaba: la ruta del contrabando. Bueno, así es como la llamo yo. En realidad los contrabandistas iban por otro lado, cogiendo otra ruta alternativa que algo tendría que esta no tiene (o viceversa). Pero el Googlemap me manda por aquí y si es la ruta más corta para llegar a Lisboa y si me ayuda a sumar exactamente 365 kilómetros me conformo con lo que hay, que también es la gracia que tiene.
Saqué una serie de artísticos pantallazos de la toponomía del lugar para guiarnos. No sé por qué pero todo parece más hostil y peligroso cuando no hay Street View. Cruzar esos misteriosos despeñaderos sola… reconozco que me daba un poco de miedo. Así que busqué compañía. Conseguí interesarle a Eduardo diciendo cosas como “mira qué bonito” y “mira qué verde” y se vino invitado y encantado. Yo cruzaba los dedos.

Lo que más me intranquilizaba en ese mapa-satélite era una larguísima mancha negra acompañada de la leyenda “Barranco de la Torre”. No había manera de saber la profundidad del ¿precipicio? (es que no había manera de saber lo que era aquello, si era sombra, agua, un estanque fétido, un abismo de 20 metros o la mismísima boca del infierno) ni el ancho real y si nosotros íbamos a ser capaces de cruzarlo o no. El GoogleMap ya me ha mandado a cruzar un río a pie otras veces… Y en este caso, sin una sola casa en 8 kilómetros a la redonda si nos caemos dentro va a ser difícil pedir ayuda para salir, como no sea directamente a Dios.

Pero si no cruzo esa mancha en el mapa no llego a Lisboa, o por lo menos ya no serían 365 kilómetros, así que no se puede rodear. No me iba a amedrentar. Edu es igual de valiente que yo (o esconde su cobardía igual de bien que yo), y estábamos seguros de que pasara lo que pasara nos íbamos a reír.
Punto de partida, después del desayuno en el Casino: el pueblito de Las Cefiñas, el sitio donde se acaba la cobertura wifi y empieza la aventura…
Por lo menos nos quedaban 2 kilómetros de carretera.
Con algunas caras amigas para hacernos compañía…
Y resultó que la ruta del contrabando a la que los mismos contrabandistas hacían ascos era… un paraíso rural. Desconocido, remoto – es el último cachito de España – pero de momento era un camino precioso y nada terrorífico. El pequeño sendero era fácil de seguir y en un sitio nos cruzamos con un alegre rebaño de vacas que nos miraron como si fuéramos los únicos caminantes que habían visto en sus vidas (y lo éramos, seguramente).
Y con la única excepción de algún chiflado en pijama saliendo de un hoyo no había peligros de ningún tipo.
Era verdad que había barrancos…
y algunos con una cierta profundidad, pero realmente no percibimos ninguna amenaza a nuestro alrededor.

Y ¿el temible Barranco de la Torre? Pues resultó ser esto:
un riachuelo. Tuvimos que quitarnos los zapatos y vadearlo, pero el agua no pasaba de la altura de las rodillas.
Un hermoso cortijo abandonado nos entretuvo un buen rato posando para que lo fotografiáramos…

… y en un par de horas ya estábamos saliendo por el otro lado y organizándonos para encontrar un sitio donde brindar por haber sobrevivido a la prueba de los barrancos:
y zamparnos un bien merecido almuerzo.

Al día siguiente, a las 8.30 de la mañana (no os asustéis, son las 9.30 en España), salimos a cubrir el resto del camino hacia la frontera portuguesa y la vila de Barrancos (vila = ni pueblo ni ciudad, ponle pueblo grande).
Día 2, y el camino era más bien carretera esta vez. Unos 13 kilómetros de carretera antes de pillar la salida que nos llevaría por un camino más bucólico hasta Barrancos. Parece un buen día, pero hacía un frío de todos los demonios.
La versión “hazlo tú mismo” de la parada del Sumol. En estos momentos se echa de menos el calor de un bar.

Después de la parada del Sumol caminamos y caminamos esperando que apareciera un enorme cartel que yo había visto en el Googlemaps y que nos indicaría la salida al camino que llevaba a Barrancos. Y venga a caminar, y venga a caminar, y del gigantesco cartel no había ni rastro, hasta que nos dimos cuenta de que el poste telegráfico que llevábamos media hora viendo
era en realidad
el cartel, visto de lado. Bueno, nos proporcionó un buen ataque de risa al menos….

Y el caminito rural, que entre su flora, fauna y otras cosas también contenía la frontera con Portugal, o sea una “E” y una “P” estampadas en un bloque de piedra, nos dio la oportunidad de posar como raperos,
y también como otro tipo de bailarines, aunque este baile no sé cuál es,
pero lo que veis aquí es el antiguo puesto fronterizo (antes cuajado de guardas de fronteira deseando trincar a contrabandistas, que en esos tiempos no andarían con risas y bailes y no llamarían la atención tanto como nosotros) (aunque en realidad poco tendrían que hacer los guardias porque los contrabandistas ni siquiera usaban esa ruta). El edificio está vacío ahora pero parece ser que lo están rehabilitando como museo.
Y a esto se ve Barrancos en el horizonte, y todo esto significa que ya he llegado a Portugal a pie desde Sevilla, que no está mal, ¿verdad?
Otro brindis. Gracias, Edu, por acompañarme. Me encanta este proyecto. ¡Continuará!