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La Travesía

lunes, 2 de octubre de 2017

LAS CEFIÑAS - BARRANCOS. DÍA 10/11 SEVILLA-LISBOA 365 KM

¡Más vale tarde que nunca!
Reconozco que en el tiempo que he tardado en subir este post podría haber pateado Portugal de cabo a rabo y luego haber bajado por el otro lado. Pido perdón. Me he dejado distraer con otras cosas. Pero quería deciros que sigo viva y coleando, que he conseguido caminar desde Sevilla a Portugal y que este año (2017-2018) pienso seguir hacia mi meta, Lisboa. Sevilla-Lisboa es mucho para hacer en un solo año. Voy poquito a poco y creo que hará falta más bien tres. Ahora me quedan 223 kilómetros a recorrer. Digo yo que llegaré. Suele ser el caso. Os cuento esa última etapa, que hice en marzo 2017 y a la que me acompañó mi amigo Eduardo. Una gran ayuda en cuanto a transportes, fotografías, compañía, risas, sentido común, etc. Pensamos repetir.

Primera parada:
desayuno en el casino de El Repilado, donde repilamos fuerzas para lo que nos esperaba: la ruta del contrabando. Bueno, así es como la llamo yo. En realidad los contrabandistas iban por otro lado, cogiendo otra ruta alternativa que algo tendría que esta no tiene (o viceversa). Pero el Googlemap me manda por aquí y si es la ruta más corta para llegar a Lisboa y si me ayuda a sumar exactamente 365 kilómetros me conformo con lo que hay, que también es la gracia que tiene.
Saqué una serie de artísticos pantallazos de la toponomía del lugar para guiarnos. No sé por qué pero todo parece más hostil y peligroso cuando no hay Street View. Cruzar esos misteriosos despeñaderos sola… reconozco que me daba un poco de miedo. Así que busqué compañía. Conseguí interesarle a Eduardo diciendo cosas como “mira qué bonito” y “mira qué verde” y se vino invitado y encantado. Yo cruzaba los dedos.

Lo que más me intranquilizaba en ese mapa-satélite era una larguísima mancha negra acompañada de la leyenda “Barranco de la Torre”. No había manera de saber la profundidad del ¿precipicio? (es que no había manera de saber lo que era aquello, si era sombra, agua, un estanque fétido, un abismo de 20 metros o la mismísima boca del infierno) ni el ancho real y si nosotros íbamos a ser capaces de cruzarlo o no. El GoogleMap ya me ha mandado a cruzar un río a pie otras veces… Y en este caso, sin una sola casa en 8 kilómetros a la redonda si nos caemos dentro va a ser difícil pedir ayuda para salir, como no sea directamente a Dios.

Pero si no cruzo esa mancha en el mapa no llego a Lisboa, o por lo menos ya no serían 365 kilómetros, así que no se puede rodear. No me iba a amedrentar. Edu es igual de valiente que yo (o esconde su cobardía igual de bien que yo), y estábamos seguros de que pasara lo que pasara nos íbamos a reír.
Punto de partida, después del desayuno en el Casino: el pueblito de Las Cefiñas, el sitio donde se acaba la cobertura wifi y empieza la aventura…
Por lo menos nos quedaban 2 kilómetros de carretera.
Con algunas caras amigas para hacernos compañía…
Y resultó que la ruta del contrabando a la que los mismos contrabandistas hacían ascos era… un paraíso rural. Desconocido, remoto – es el último cachito de España – pero de momento era un camino precioso y nada terrorífico. El pequeño sendero era fácil de seguir y en un sitio nos cruzamos con un alegre rebaño de vacas que nos miraron como si fuéramos los únicos caminantes que habían visto en sus vidas (y lo éramos, seguramente).
Y con la única excepción de algún chiflado en pijama saliendo de un hoyo no había peligros de ningún tipo.
Era verdad que había barrancos…
y algunos con una cierta profundidad, pero realmente no percibimos ninguna amenaza a nuestro alrededor.

Y ¿el temible Barranco de la Torre? Pues resultó ser esto:
un riachuelo. Tuvimos que quitarnos los zapatos y vadearlo, pero el agua no pasaba de la altura de las rodillas.
Un hermoso cortijo abandonado nos entretuvo un buen rato posando para que lo fotografiáramos…

… y en un par de horas ya estábamos saliendo por el otro lado y organizándonos para encontrar un sitio donde brindar por haber sobrevivido a la prueba de los barrancos:
y zamparnos un bien merecido almuerzo.

Al día siguiente, a las 8.30 de la mañana (no os asustéis, son las 9.30 en España), salimos a cubrir el resto del camino hacia la frontera portuguesa y la vila de Barrancos (vila = ni pueblo ni ciudad, ponle pueblo grande).
Día 2, y el camino era más bien carretera esta vez. Unos 13 kilómetros de carretera antes de pillar la salida que nos llevaría por un camino más bucólico hasta Barrancos. Parece un buen día, pero hacía un frío de todos los demonios.
La versión “hazlo tú mismo” de la parada del Sumol. En estos momentos se echa de menos el calor de un bar.

Después de la parada del Sumol caminamos y caminamos esperando que apareciera un enorme cartel que yo había visto en el Googlemaps y que nos indicaría la salida al camino que llevaba a Barrancos. Y venga a caminar, y venga a caminar, y del gigantesco cartel no había ni rastro, hasta que nos dimos cuenta de que el poste telegráfico que llevábamos media hora viendo
era en realidad
el cartel, visto de lado. Bueno, nos proporcionó un buen ataque de risa al menos….

Y el caminito rural, que entre su flora, fauna y otras cosas también contenía la frontera con Portugal, o sea una “E” y una “P” estampadas en un bloque de piedra, nos dio la oportunidad de posar como raperos,
y también como otro tipo de bailarines, aunque este baile no sé cuál es,
pero lo que veis aquí es el antiguo puesto fronterizo (antes cuajado de guardas de fronteira deseando trincar a contrabandistas, que en esos tiempos no andarían con risas y bailes y no llamarían la atención tanto como nosotros) (aunque en realidad poco tendrían que hacer los guardias porque los contrabandistas ni siquiera usaban esa ruta). El edificio está vacío ahora pero parece ser que lo están rehabilitando como museo.
Y a esto se ve Barrancos en el horizonte, y todo esto significa que ya he llegado a Portugal a pie desde Sevilla, que no está mal, ¿verdad?
Otro brindis. Gracias, Edu, por acompañarme. Me encanta este proyecto. ¡Continuará!

domingo, 15 de enero de 2017

GALAROZA-LAS CEFIÑAS. DÍA 9 SEVILLA-LISBOA 365 KM

El día de navidad. Un día tan bueno como cualquier otro para caminar. Saliendo de Sevilla a las 8 de la mañana te encuentras con personas que van tan normales y tan serios como cualquier día del año, pero con cuernos de reno en la cabeza y cosas así. Pero sin resaca ni borrachera puedo esquivar a los renocornudos muy fácilmente y además hace muy buen tiempo así que me parece un día perfecto.
Llego a Galaroza. Salgo de Galaroza...
... y me encuentro con un pequeño problema: que no hay ni un solo bar abierto hoy en todo el pueblo. Ni el bar del hotel. ¡Nada! Y quiero desayunar. Es la hora del Plan B: me improviso un desayuno energético sobre un tocón.
Y hale, a caminar...
.... a caminar, a bailar, o a lo que haga falta. Con el chaleco amarillo puesto en este caso, para darle un poco más de colorido a la cosa.
¡Sí, me lo pongo a veces! Cuando intuyo que hay policías agazapados detrás de los arbustos, por ejemplo. Cuando no hay mucho arcén. Cuando hay curvas. Tengo que decir que se adapta mejor a las curvas de la carretera que a las mías, pero mira, podría ser peor.

La parada del Sumol es en El Repilado, y vaya diferencia con la sosa Galaroza en el tema bares.
Pero ¿qué es esto?
¿Prohibida la entrada? Ah, pero yo sí puedo entrar. Hay que leer la letra pequeña. Puedo entrar por partida doble, soy forastera y transeúnte, las dos cosas. Vamos, que soy de lo más deseable! 

Cuando he visto a este pequeño ser en el escaparate de una tienda me he vuelto loca fotografiándolo, qué cosa más linda....
Y tres niños del pueblo, la mar de simpáticos, me han contado que la gatita es suya y que la encontraron vagando por las calles perdida cuando era muy chiquitita... una historia con final feliz y fotos chulas.

Después de El Repilado, cojo el camino del campo. Esta pequeña carretera rural me llevará a mi destino. Hay 10 kilómetros de ella, pero me llevará.
Estamos en la provincia de Jabugo (ya me entendéis) y han vuelto los cerdos. Mi problema con los cerdos es que les inspiro pánico y terror, todavía no sé por qué, pero aquí tenéis una foto de unos huyendo espavoridos...
El camino es bonito y muy agradable con este buen tiempo....
... al principio. Después de unos pocos kilómetros empieza a ser todo cuesta arriba y no sé cuántos grados de calor hace pero empiezo a sentirme como una castaña asada a punto de explotar y no hay escapatoria... ¿por qué se me ha ocurrido ponerme medias con este tiempo? Ah, ya, porque estamos en diciembre... Pues si en diciembre estoy así creo que no es muy buena idea hacer ninguna caminata en verano este año...
Ha sido motivo de alegría cuando he visto señalizada la civilización de nuevo (la civilización relativa, porque son pueblos sin bar), y estoy cerca de mi destino de hoy.
Una última cerdofoto... Este individuo se había dado un buen baño de barro y estaba tan a gusto que le faltaron reflejos y se dejó fotografiar, antes de pirarse como todos.
¡Las Cefiñas! Es un pueblo muy pequeño. No sé realmente qué tiene Las Cefiñas, he visto poco porque al llegar se me echaba el tiempo encima y tenía que coger un taxi a Cortegana para comer. Ya lo veré mejor cuando salga de aquí el próximo día. Pero por no tener os puedo decir que ni cobertura de móvil tiene, con lo cual llamar a un taxi se vuelve algo complicado, lo tienes que hacer corriendo cuesta abajo intentando salir de allí como sea y rezando para que no tengas que ir andando (o corriendo) a Cortegana y no comer y perder el autobús a Sevilla... al final lo conseguí, y me recogió una taxista muy simpática. Que me condujo a Cortegana, me apuntó en dirección al Casino y me soltó,
para que pudiera comer y beber algo. Beber fue sencillo, comer no tanto, porque ya habían cerrado la cocina, pero entre una tapa de ensaladilla y el queso y la caña de lomo que generosamente me ofrecieron unos señores que estaban en la barra comí estupendamente.

En la próxima etapa si consigo (o si conseguimos) sortear los hondos barrancos llegaré (o llegaremos) a Portugal, y en Portugal voy a echar de menos a los casinos, porque creo que allí no hay. Pero habrá otras cosas. Sumol y Superbock. Bares diferentes. Hoteles. Pequenos almoços. Estradas e bermas. Aldeias, vilas e cidades. Portugueses. Muchas cosas.

sábado, 24 de diciembre de 2016

ARACENA-GALAROZA. DÍA 8 SEVILLA-LISBOA 365 KM

Caminar es una fiesta, y la fiesta sigue.
Punto de partida: Aracena. Es un pueblo amigo ya. Tengo cosas que hacer en Aracena, aparte de refugiarme del frío: veo una estupenda exposición en la que participa una amiga, Charo Corrales, y desayuno. Desayuno en el Casino, otro viejo amigo.
Y luego me entretengo fotografiando Aracena desde sus ventanas y desde la calle mientras subo la cuesta para salir.
Simpático, pequeño y espectacular. Un hito en el camino.
Este es la famosa pastelería Rufino, donde no he participado en el desenfreno dulce porque no estoy enviciada con los pasteles, pero he disfrutado viéndola.
Después, salgo a la carretera abierta otra vez, donde rápidamente entro en calor.
Esta vez no hay fotos de cerdos,
¿por qué será? Porque a veces desaparecen misteriosamente y no queda ni uno para fotografiar. Una pena, porque me estaba encariñando con ellos.
He hecho una breve visita a Los Marines, el pueblo donde cada año se beben 1000 litros de mosto en fiestas y se lleva un chopo de 20 metros de altura (mínimo) del bosque al centro del poblado, a hombros de los vecinos (previamente fortalecidos por los 1000 litros de mosto) para dejarlo en la puerta de la iglesia, como otros, menos fuertes, dejan los muebles viejos al lado del contenedor de la basura. Interesante festejo. No he podido echar una mano con el árbol ni beber mi parte proporcional del mosto porque todo esto tiene lugar en junio, y el árbol sirve luego de leña para las hogueras de San Juan.
Esta es otra puerta de una iglesia que aparentemente no lleva a ninguna parte (al menos que sea a otra dimensión, y yo no he conseguido pasar). Pero un vecino del pueblo me ha contado que es muy, muy antigua, que tiene por lo menos 200 años y que todos están muy orgullosas de ella. Me encanta que me cuenten cosas, y estoy apurando la experiencia mientras esté en la Sierra de Huelva porque sé que en cuanto pase al lado portugués me seguirán contando cosas, pero con una diferencia: que no me voy a enterar ni de la mitad. Y el entender todo lo que me dicen, quieras o no, ha sido una de las cosas más maravillosas de caminar en Andalucía. Es el aceite que ayuda a mover el motor de la travesía. Tengo que hacer un gran esfuerzo en ese sentido para cuando llegue a Portugal.
Ir pisando bellotas es una sensación preciosa. Y Aracena-Galaroza también es tierra de castañas, con y sin su chaquetita de pinchos. Creo que es una especie de salvavidas lo que llevan para cuando se caen del árbol. Y yo recojo estas cosas (vale, lo de los pinchos no) y algunas me las traigo a Sevilla: bellotas, castañas, piñas, trocitos de corcho, bolas de algodón... y ahora tengo un pequeño museo.
Fuenteheridos ha sido un visto y no visto, pero me ha encantado. Un ambientazo. Lo recuerdo como si fuera ruido, pero era color.
Otra amiga lusófona, Alicia, es de Fuenteheridos y me ha orientado con buenos consejos, mandándome a tomar una cerveza al solito en La Esquina.
Los guerrilleros del ganchillo han atacado a todos los monumentos y a la mitad de los árboles y el efecto es soberbio: alegre, divertido, un himno a la diversión. Supongo que es arte efímero, así que me alegro mucho de que haya coincidido con mi visita.
Y allá voy, por el Camino de Navahermosa (que también es una delicia) para luego desembocar en la carretera que lleva a Galaroza...
... donde llego con ganas de comer y beber (pero no en ese orden, claro). A las cuatro menos diez de la tarde. Vista la hora que es, me meto en el primer bar que encuentro, donde me tomo mi cerveza y me hacen esperar – rodeada de gritos, injurias y maldiciones al más puro estilo catetillo, pero ¿me he metido en el bar más cateto del pueblo? – más de media hora por una tapa que al final no llega (bueno, llega, o sea que sale, pero no llega a mi mesa, la tapa sale y se vuelve a meter, por la siguiente razón: Que de pescado tienen dos tapas: pescada y pez espada. Y la dueña ha soltado un grito (me consta porque lo oí) en dirección a la cocina pidiendo mi tapa de “peh’cada”, pero resulta que en la cocina han entendido “peh’pada”, y ahora la tienen que volver a hacer. Al menos que quiera comer la tapa de “peh’pada” que lleva largo rato allí sentada enfriándose en medio de los gritos y la confusión, claro, y a estas alturas como que ya no la quiero, ni esa tapa ni la otra, solo quiero irme, y si no consigo comer me da igual, con la cerveza y los gritos me doy por alimentada, o ya compraré un queso en el mercadillo. Y a esto me invitan a la cerveza, así que ¡ole!, al final el bar me ha gustado y todo, y me he ido a comer a otro (las cocinas no cierran en Galaroza, parece), y luego he vuelto a Sevilla en el autobús.
Quizás no me haya llevado la mejor impresión de Galaroza. Pero puede que mejore cuando llegue mañana (síii, mañana) para desayunar y luego enfilar el camino hacia Las Cefiñas, un pequeñísimo pueblo en plena sierra que en la siguiente etapa va a ser la puerta a mi experiencia particular de la antigua ruta del contrabando....