TRAVESÍA SUPERCONJUNTADA DE PORTUGAL, ETAPA 18 (y VI) Día 5: Viana do Castelo - Caminha
Salgo
del hotel disparada, como siempre, la mañana siguiente. Y allá voy. Día 55 de
mi caminata. Me quedan 24,5 kilómetros de Portugal por recorrer. Muy poco, o
muy mucho, según lo mires.
En
mi último día parece que han cancelado el tiempo y no hay cielo. Hay que mirar
con mucha atención para encontrar los toques de color, aunque siempre los hay.
Hoy están en esta pequeña serie (3!) de paradas de autobús que si no me
equivoco debe de estar ligeramente inspirada en la bandera portuguesa...
Siguen
apareciendo cosas curiosas bajo el cielo completamente blanco. Los habitantes
de esta casa, muy ordenaditos ellos, apilan la leña y disponen y secan al aire los….
churros…
¡Qué cosa más rara! O ¿es normal y solo soy yo quien no lo había visto nunca?
Y el
cielo se llena de neblina. Es un extraño día sin sol, un día que se traga a los
colores, un día norteño. Más al norte en este país es casi imposible. Así que
lo interpreto como una buena señal.
Además
el color del cielo me da igual. Me dan igual muchas cosas. Porque mientras
camino y camino y me voy acercando a mi meta empiezo a sentir una felicidad
dentro de mí que sube y crece y esa felicidad lo es todo. Me siento total e
irremediablemente feliz.
Este
último año, y sobre todo este último mes y medio, he estado pensando mucho
(léase más bien atormentándome) sobre acabar esta travesía, y esta fase de mi
vida, y me he preguntado una y otra vez qué haré después y cómo viviré sabiendo
que ya no tengo esto y que ya nada volverá a ser igual. Y tenía miedo. Miedo a
acabar. Creo que quería caminar, y caminar, y caminar, y no acabar nunca. Incluso
tenía ideas ―y muy concretas, muy perfiladas― tipo bajar por el otro lado hasta
llegar otra vez a Vila Real… no sería imposible, la ruta existe. O a veces
simplemente veía un enorme vacío, una vida ya exprimida, una edad y una
situación que ya no me gustan nada… y encima sin Superconjuntada ya para
ilusionarme todos los días del año. Viendo las orejas del lobo. Un poco
preocupada.
Pero
de repente el último día de mi travesía me doy cuenta de que todo el tema de
acabar Superconjuntada lo tengo ya totalmente aceptado. Que he preguntado, me
he contestado, he agotado esas vías de preocupación y ya me he quedado
tranquila. Y lo único que queda es una profundísima felicidad y la sensación
abrumadora de que esto, aquí y ahora, hoy, en esta carretera sin cielo y sin
sol, es maravilloso, maravilloso, maravilloso. Y que estoy a punto de terminar,
de conseguirlo. No tengo ninguna preocupación ya. Es lo mejor que me puede
estar pasando. Es lo mejor que he hecho en la vida.
Y el
día 12 de agosto, trotando por mis largas carreteras bajo el no-sol, eso viene
a significar que soy feliz pase lo que pase, y que no me importa ni siquiera que
me vengan a fastidiar con estúpidas flechas amarillas que nunca he seguido o
incluso con el mismísimo Apóstol Santiago saliendo de un muro. De verdad, ya no me importa.
Nada
importa, solo el hecho de que voy a llegar a Caminha. Y lo que siento no son
ganas de bailar como algunas (muchas) veces, ni necesito música, no es querer contárselo
a alguien, nadie lo entendería quizás y además no necesito contarlo, es algo
interior. Es un poco como volar acunado en los brazos de tu propia sonrisa. Una
tranquila y absoluta sobredosis de dopamina.
Sigue
el trasfondo del día blanco e inexpresivo cuando llego a Vila Praia de Âncora.
Me tomo un Sumol en un bar de la plaza y llevo muchos kilómetros, estoy
cansadísima pero no soy capaz de quedarme mucho tiempo allí, la impaciencia va
por dentro y me tira y me empuja y me jalea, ya descansaré más tarde.
Lo siguiente es un larguisisísimo carril bici que llaman el Sargaceiro que recorro sin dejar de
sonreír y como si fuera una bici, solo que con un poco más de cansancio en las
ruedas, y varios caminos más, todos larguísimos, aunque supongo que me hacen
esto para prolongar mi felicidad. Pero cómo estoy deseando llegar…
Y luego…
resulta que esto que se ve al final de una calle transversal entre las remolinantes
brumas se llama… Espanha. Estoy viendo España…
Sin
palabras. Estoy contentísima. Estoy en Caminha.
¿Y
te has fijado en que en ese mismo momento ha salido el sol, y ha vuelto el
cielo?
Es
como ser un pequeño globo lleno de helio. Tengo que ir con la boca abierta para no
despegar del suelo y salir volando por las calles de la tranquila y fronteriza
Caminha. Y nada más importa. He llegado. Ya no hay quizases ni si Dios quieres.
Lo he hecho y ya nadie me lo puede quitar. La Travesía Superconjuntada está
completa. Lo he conseguido.
Una
felicidad así solo se siente unas cuantas veces en la vida.
Cerveza,
comida,
hotel.
(En Caminha había que elegir entre un hotel de lujo, bastante caro, y una
pensión de mala muerte con un precio de lujo. Adivinad cuál de los dos elegí.
Que conste, elegí bien.)
No
he perdido nada en mi vida al terminar la Travesía Superconjuntada. Todo lo
contrario: me ha añadido cosas. Ha mejorado mi vida enormemente. Puedo decir
que soy otra persona. Soy una persona que ha cruzado Portugal a pie. Sola, a mi
manera, tomando mi tiempo y disfrutando de cada paso. Como tiene que ser. Como
yo he querido que fuera.
- · -
Estoy
preparando una colosal exposición-instalación, para octubre (y noviembre, y
diciembre, y….) (…y otros meses, si conseguimos llevarla a Portugal). Se
llamará PORTUGAL EN UN MILLÓN DE PASOS (son 1.187.920, pero he redondeado). Me
haría ilusión que os acercarais a verla. Un día de estos os informaré de cómo
va.
- · -
GRACIAS
POR LEERME. ESPERO QUE LA CRÓNICA DE MI PEQUEÑA HAZAÑA OS HAYA DIVERTIDO, O
MOTIVADO A HACER TRAVESÍAS PARALELAS, TOTALMENTE ÚNICAS. O SIMPLEMENTE SABER
QUE ES POSIBLE.
QUE
PARA CRUZAR UN PAÍS SOLO HAY QUE ESCUCHAR TUS PROPIAS IDEAS, MANÍAS, IDIOTECES
Y PREFERENCIAS: FUNCIONAN. TE LLEVAN. SI TÚ QUIERES, LLEGARÁS.
Sigue
tus propias flechas y llegarás.
Gracias,
Portugal.