Reconozco que en el tiempo que he tardado en subir
este post podría haber pateado Portugal de cabo a rabo y luego haber bajado por
el otro lado. Pido perdón. Me he dejado distraer con otras cosas. Pero quería
deciros que sigo viva y coleando, que he conseguido caminar desde Sevilla a
Portugal y que este año (2017-2018) pienso seguir hacia mi meta, Lisboa.
Sevilla-Lisboa es mucho para hacer en un solo año. Voy poquito a poco y creo
que hará falta más bien tres. Ahora me quedan 223 kilómetros a recorrer. Digo
yo que llegaré. Suele ser el caso. Os cuento esa última etapa, que hice en
marzo 2017 y a la que me acompañó mi amigo Eduardo. Una gran ayuda en cuanto a
transportes, fotografías, compañía, risas, sentido común, etc. Pensamos repetir.
Primera parada:
desayuno en el casino de El
Repilado, donde repilamos fuerzas para lo que nos esperaba: la ruta del
contrabando. Bueno, así es como la llamo yo. En realidad los contrabandistas iban
por otro lado, cogiendo otra ruta alternativa que algo tendría que esta no
tiene (o viceversa). Pero el Googlemap me manda por aquí y si es la ruta más
corta para llegar a Lisboa y si me ayuda a sumar exactamente 365 kilómetros me conformo
con lo que hay, que también es la gracia que tiene.
Saqué una serie de artísticos pantallazos de la
toponomía del lugar para guiarnos. No sé por qué pero todo parece más hostil y
peligroso cuando no hay Street View. Cruzar esos misteriosos despeñaderos
sola… reconozco que me daba un poco de miedo. Así que busqué compañía. Conseguí
interesarle a Eduardo diciendo cosas como “mira qué bonito” y “mira qué verde” y se vino
invitado y encantado. Yo cruzaba los dedos.
Lo que más me intranquilizaba en ese mapa-satélite era una larguísima
mancha negra acompañada de la leyenda “Barranco de la Torre”. No había manera de saber la
profundidad del ¿precipicio? (es que no había manera de saber lo que era
aquello, si era sombra, agua, un estanque fétido, un abismo de 20 metros o la mismísima
boca del infierno) ni el ancho real y si nosotros íbamos a ser capaces de
cruzarlo o no. El GoogleMap ya me ha mandado a cruzar un río a pie otras veces…
Y en este caso, sin una sola casa en 8 kilómetros a la redonda si nos caemos
dentro va a ser difícil pedir ayuda para salir, como no sea directamente a Dios.
Pero si no cruzo esa mancha en el mapa no llego a Lisboa, o por lo menos ya no serían 365 kilómetros, así que no se puede rodear. No me iba a amedrentar. Edu es igual de valiente que yo (o esconde su cobardía igual de bien que yo), y estábamos seguros de que pasara lo que pasara nos íbamos a reír.
Punto de partida, después del desayuno en el Casino: el pueblito de Las Cefiñas, el sitio donde se acaba la cobertura wifi y empieza la aventura…
Por lo menos nos quedaban 2 kilómetros de carretera.
Pero si no cruzo esa mancha en el mapa no llego a Lisboa, o por lo menos ya no serían 365 kilómetros, así que no se puede rodear. No me iba a amedrentar. Edu es igual de valiente que yo (o esconde su cobardía igual de bien que yo), y estábamos seguros de que pasara lo que pasara nos íbamos a reír.
Punto de partida, después del desayuno en el Casino: el pueblito de Las Cefiñas, el sitio donde se acaba la cobertura wifi y empieza la aventura…
Por lo menos nos quedaban 2 kilómetros de carretera.
Con algunas caras amigas para hacernos compañía…
Y resultó que la ruta del contrabando a la que los mismos
contrabandistas hacían ascos era… un paraíso rural. Desconocido, remoto – es el
último cachito de España – pero de momento era un camino precioso y nada
terrorífico. El pequeño sendero era fácil de seguir y en un sitio nos cruzamos
con un alegre rebaño de vacas que nos miraron como si fuéramos los únicos
caminantes que habían visto en sus vidas (y lo éramos, seguramente).
Y con la única excepción de algún chiflado en pijama
saliendo de un hoyo no había peligros de ningún tipo.
Era verdad que había barrancos…
y algunos con una cierta profundidad, pero
realmente no percibimos ninguna amenaza a nuestro alrededor.
Y ¿el temible Barranco de la Torre? Pues resultó
ser esto:
un riachuelo. Tuvimos que quitarnos los zapatos y
vadearlo, pero el agua no pasaba de la altura de las rodillas.
Un hermoso cortijo abandonado nos entretuvo un buen
rato posando para que lo fotografiáramos…
… y en un par de horas ya estábamos saliendo por el
otro lado y organizándonos para encontrar un sitio donde brindar por haber
sobrevivido a la prueba de los barrancos:
y zamparnos un bien merecido almuerzo.
Al día siguiente, a las 8.30 de la mañana (no os
asustéis, son las 9.30 en España), salimos a cubrir el resto del camino hacia la
frontera portuguesa y la vila de Barrancos (vila = ni pueblo ni ciudad, ponle
pueblo grande).
Día 2, y el camino era más bien carretera esta vez.
Unos 13 kilómetros de carretera antes de pillar la salida que nos llevaría por
un camino más bucólico hasta Barrancos. Parece un buen día, pero hacía un frío
de todos los demonios.
La versión “hazlo tú mismo” de la parada del Sumol.
En estos momentos se echa de menos el calor de un bar.
Después de la parada del Sumol caminamos y
caminamos esperando que apareciera un enorme cartel que yo había visto en el
Googlemaps y que nos indicaría la salida al camino que llevaba a Barrancos. Y
venga a caminar, y venga a caminar, y del gigantesco cartel no había ni rastro,
hasta que nos dimos cuenta de que el poste telegráfico que llevábamos media
hora viendo
era en realidad
el cartel, visto de lado. Bueno, nos proporcionó un
buen ataque de risa al menos….
Y el caminito rural, que entre su flora, fauna y
otras cosas también contenía la frontera con Portugal, o sea una “E” y una “P” estampadas en
un bloque de piedra, nos dio la oportunidad de posar como raperos,
y también como otro tipo de bailarines, aunque este
baile no sé cuál es,
pero lo que veis aquí es el antiguo puesto
fronterizo (antes cuajado de guardas de fronteira deseando trincar a
contrabandistas, que en esos tiempos no andarían con risas y bailes y no
llamarían la atención tanto como nosotros) (aunque en realidad poco tendrían
que hacer los guardias porque los contrabandistas ni siquiera usaban esa ruta).
El edificio está vacío ahora pero parece ser que lo están rehabilitando como
museo.
Y a esto se ve Barrancos en el horizonte, y todo
esto significa que ya he llegado a Portugal a pie desde Sevilla, que no está
mal, ¿verdad?
Otro brindis. Gracias, Edu, por acompañarme. Me encanta este proyecto. ¡Continuará!
¡Vaya! no aparece el comentario que intenté publicar ayer. Bueno, decía que ha sido una gran aventura con grandes barrancos inespugnables, o casi, pero que, cuando los espugnabas eran peligrosísimos, ya que te tragaban y, tan sólo con grandes esfuerzos, conseguías salvarte. Barrancos que se encontraban, acechantes, a lo largo de todo el camino, no exento éste de inequívocos vestigios de contrabandistas, bandoleros y toda clase de maleantes y bueneantes que en cualquier momento nos podrían haber tirado una bellota a la cabeza, con quién sabe qué intenciones. A todo esto hay que sumarle la continua presencia de fieras, con cuernos y sin cuernos, que vigilaban nuestros pasos apostados entre la maleza e incluso la bueneza.
ResponderEliminarTan peligroso fueron esas leguas recorridas paso a paso, uno detras de otro, que incluso un descomunal cartel, disfrazado de poste, nos quiso engañar, como bien describes, Pau.
Muchas gracias por tal simpar y divertida aventura.
Jajajaja ajaja ajja ajajjaaja a ajaja ja a ajaaaajjjajaja !
EliminarTe ha costado, eh!
ResponderEliminarPero una vez salvados los barrancos va a ser para ti un paseito de nada.
Animo.
Gracias Montse.... ¡vamos a ver!
EliminarPau
"...un riachuelo. Tuvimos que quitarnos los zapatos y vadearlo, pero el agua no pasaba de la altura de las rodillas."
ResponderEliminarTuvisteis suerte, pillasteis a los cocodrilos y a las pirañas en plena siesta.
Salud,suerte y...una sonrisa.
¡Hola Reverendo! Me alegro verte por aquí de nuevo. Me alegro de que me acompañes a todos los sitios, hasta a los más raros!
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